Publicado el — Deja un comentario

La grafología: una herramienta para el desarrollo profesional como escritores

taller de escritura

[vc_row][vc_column][vc_column_text css=»»]

La grafología es el estudio de la escritura a mano como un medio para analizar, a grandes rasgos, la personalidad y las emociones de un individuo. A través de la observación de distintas características, como la forma de las letras, la presión del trazado o la inclinación, los grafólogos pueden ofrecer una visión profunda sobre quiénes somos en términos psicológicos. Este enfoque no solo se utiliza en ámbitos clínicos o laborales, sino que también puede ser una poderosa herramienta para quienes buscan desarrollarse profesionalmente, especialmente en el mundo de la escritura.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_single_image image=»9171″ img_size=»large» alignment=»center» css=»»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text css=»»]Conocer algunos aspectos clave de la grafología nos brinda un mejor entendimiento de nosotros mismos. Al analizar nuestra propia escritura, podemos descubrir patrones que revelan aspectos de nuestra personalidad que quizá no habíamos considerado. Por ejemplo, una escritura inclinada hacia la derecha puede indicar una persona extrovertida y abierta a nuevas experiencias, mientras que una escritura más cerrada podría señalar introspección y reserva, como nos explicó la grafóloga Macarena Arnás en el último encuentro que tuvimos con ella. Un autoconocimiento que no solo es valioso a nivel personal, sino que también puede influir en nuestras relaciones interpersonales y en cómo nos desarrollamos en nuestro oficio.

Para los escritores profesionales, la grafología puede ser especialmente beneficiosa. Comprender la relación entre nuestra forma de escribir y nuestras emociones o pensamientos puede ayudarnos a afinar nuestro estilo narrativo y a conectar mejor con nuestros lectores. Por ejemplo, si un escritor se da cuenta de que su escritura refleja inseguridad o indecisión, podría trabajar en fortalecer su voz narrativa para transmitir más confianza en sus textos. Según Arnás, los dedos de la mano son una de la partes del cuerpo que más terminaciones nerviosas contiene, por lo que están relacionados directamente con el cerebro y nuestras emociones. 

Además, al aplicar los principios grafológicos al análisis de otros escritores o personajes ficticios, podemos desarrollar personajes más complejos y realistas. Entender cómo las características de la escritura pueden reflejar algunos rasgos psicológicos nos permite crear perfiles más auténticos para nuestros personajes, enriqueciendo así nuestras historias.

La grafología es una herramienta muy valiosa tanto para el autoconocimiento, en un ámbito privado, como para el desarrollo profesional. Nuestra escritura refleja quiénes somos y, a través de nuestra grafía, podemos modular también en quién queremos convertirnos.

 

Fotos de portada y cuerpo: Canva

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Publicado el — 2 comentarios

¿Qué pasa si no tengo una voz propia?

Sí, estás leyendo bien. Y es normal que esta pregunta te genere cierta curiosidad o incertidumbre porque una de las primeras cosas que nos dicen cuando escribimos es que tenemos que encontrar nuestra propia voz. Pero ¿qué pasa si no tenemos una? O peor: ¿y si no deseáramos adquirirla?

Hace unos días estuve hablando con E de cierto poeta y señoro bastante soberbio (atiende a las iniciales de LC, muchas de vosotras sabréis a quién me refiero) que me dijo en su día que, cuando se es joven, es imposible tener una voz propia, especialmente (agárrate el pantalón) si se es una mujer. Como si la voz, la voz de una, solo pudiera hallarse en el lecho de muerte.

¿Cuándo deja una de ser calificada como joven?

¿Estamos perdidas acaso mientras nos hallamos en nuestra propia voz?

Divagábamos el martes E y yo en todo esto cuando manaron varias ideas:

La primera: que no se tiene una voz propia, sino muchas, y estas dependen de nuestro estado de ánimo, nuestros anhelos y la etapa de la adultez en la que nos encontremos. Una voz que, además, está en constante evolución y permuta. 

La segunda: que la voz de una es una voz también ajena, pues está modulada y empapada de las voces de todo lo que leemos, escuchamos y vivimos. 

Entonces… ¿Por qué nos animan a perseguir algo que nunca vamos a tener y que depende de tantos factores externos? ¿Puede ser algo tomado como propio cuando se nutre de lo que acaece fuera de nuestra mente?

Yo creo que, cuando se habla de la voz, en realidad estamos haciendo alusión al estilo. Está claro que, a veces, escribiremos en tonos más graves, otras más agudos. Que abordaremos y anhelaremos temáticas distintas. Que exploraremos diversos géneros literarios. Pero el estilo, el estilo de una, siempre estará presente. Y quiero pensar que este no se encuentra, sino que se tiene. Como cualquier habilidad innata de carácter sobresaliente. Solo hay que descubrirla y potenciarla, trabajarla, darle su propia y particular forma.

En resumidas: ya nacemos con voz y por eso nos expresamos, pero esta no es solo una y mucho menos cien por cien de nuestra autoría porque estamos constantemente calándonos de otras tantas. De hecho, sería bonito —a modo de ejercicio de solidaridad, honestidad y empatía— compartir los libros que hemos leído mientras escribíamos los nuestros, y no solo la música que nos ha acompañado durante el proceso (ahora que está tan de moda el tema de las canciones).

Las letras ajenas abonan las propias mucho más que cualquier playlist.

 

Foto de portada de Sixteen Miles Out para Unsplash / Foto de texto de Thought Catalog para Unsplash

Publicado el — Deja un comentario

Reseña literaria: ¿Quién era Mariana?

«Tenía algo de cinematográfico en su belleza huérfana y en sus diálogos inesperados. Tenía algo artificial, era como si no existiera de una manera perdurable. Imaginé que, en la vida de cualquier lector asiduo, como era mi caso, debía aparecer alguna vez una muchacha como ella, ajena a las lecturas y hecha solo para tener aventuras fulgurantes».

Testimonios sobre Mariana es un relato a tres voces —la de Vicente, el amante; la de Gabrielle, la amiga; la de André, el enamorado— que reflejan la sombra, siempre semioculta, de la huidiza Mariana. ¿Quién era en realidad? Con una atmósfera quebradiza que se mantiene durante todo el relato, los tres testimonios tratan de reconstruirla a lo largo de los años, a través de los breves pasajes que ellos mismos han experimentado con ella.

¿Quiénes somos en boca de los demás? ¿De qué manera otros labios pueden usurpar la identidad de una persona? Cuando una historia se cuenta varias veces, ¿se deconstruye?

Estamos ante la búsqueda de una mujer transparente; desde el inicio fue como un fantasma. Al igual que cuando se invoca a un espíritu, solo la veían quienes creían en ella. Y tampoco. ¿De verdad alguien llegó a amarla?

«La vida de mi amiga no era su propia vida, estaba determinada por personajes que se acercaban a ella, dejaban su huella y desaparecían».

En esta novela espejo, Elena Garro confronta el poder de la palabra: por un lado, condena a quienes la usan para escupirla, pero, por el otro, reclama la oportunidad de ser ella misma quien cuente su propio relato. Una cuestión de justicia.

Elena y Mariana, autora y personaje. En el silencio de las dos se encumbra el alma vigorosa de ambas.

«A veces me siento frente a las flores y las observo para ver en qué instante pierden su frescura… y no lo veo. La destrucción se ejecuta en secreto. Todo lo terrible sucede así, en secreto».

¿Fue Mariana un sueño? De la misma manera que ocurre con el resto de los personajes, el lector tampoco puede acercarse a ella. Contemplamos su vida a través de los pequeños fragmentos que se nos muestran al otro lado de la ventana, cubierta por una niebla espesa. No somos partícipes, no podemos ayudarla, más que observarla con una cruel sed de impotencia.

 

Y después

de Mariana

no quedó ¡nada!

 

Pero quedó todo de Garro y por eso hoy la seguimos leyendo con garra.

 

Sobre Elena Garro

Elena Garro, una de las escritoras cruciales de México, es reconocida hoy como literata pionera por su ambicioso estilo literario. La autora, nacida en Puebla, es considerada precursora del realismo mágico, en sus libros fusiona lo real, lo íntimo y lo fantástico. Su obra clave, Los recuerdos del porvenir, ha sido aclamada por su prosa poética y su capacidad para evocar la memoria y el tiempo. A pesar de su talento, Garro vivió como una figura maldita en el ámbito literario, marginada por sus controversias políticas y su relación con Octavio Paz. Su legado, sin embargo, perdura como una voz poderosa y única en la literatura latinoamericana. Su obra toca temas tales como la marginación de la mujer, la libertad femenina, o la libertad política.

 

Foto de portada de @prepyus / Foto de cuerpo: Elena Garro

Publicado el — Deja un comentario

Leticia Rodríguez: «Para empezar de nuevo siempre se está a tiempo»

Leticia Rodríguez Ríos (Talavera de la Reina, 1992), conocida en redes sociales como @palabradeleticia, estudió un grado en Derecho en la facultad de Ciencias jurídicas y sociales en Toledo, donde posteriormente cursó el máster de Acceso a la Abogacía. Enamorada de la lectura desde muy pequeña gracias a su madre, siente especial predilección por la obra de Jane Austen. El año de las segundas oportunidades es su primera incursión en el mundo literario.

 

 

¿Qué piensas de las segundas oportunidades y por qué escogiste esa temática como eje central en la novela?

Cuando la idea de escribir una novela sobre la Navidad se volvió definitiva tuve claro que la temática debería ser todas esas cosas que nos hacen más humanos. No sé por qué, pero en Navidad parece que se instala en la sociedad una especie de buenismo generalizado y me di cuenta de la dureza con la que nos tratamos a diario; si podemos ser amables con los demás en esta época del año, ¿por qué no con nosotros mismos?

Las segundas oportunidades (y no hablo de las segundas partes porque entraríamos en un debate mucho más profundo) están ahí, en nuestro día a día, aunque no nos demos cuenta. He escuchado a muchas personas decir que no creen en las segundas oportunidades porque no consideran que sean buenas, hablan de ellas como si fueran algo así como un error, casi una pérdida de tiempo, pero basan su razonamiento en las segundas oportunidades que podemos dar a una persona cercana, a una pareja, a una amistad. Pero ¿qué hay de las segundas oportunidades que nos damos a diario sin darnos cuenta? Ahí es donde quiero ir a parar.

A veces somos mucho más severos con nosotros mismos que con los demás, pero cada vez que te has prometido volver a empezar, cada mañana que te has dicho que lo intentarías de nuevo, cada noche que has soñado con el día siguiente, ahí estaba la oportunidad. Y, siendo sinceros, nadie sabe la cantidad de oportunidades que se ha dado a lo largo de la vida. A veces, las segundas oportunidades son millones de oportunidades y nos las damos más a menudo de lo que creemos, solo tenemos que tratarnos mejor.

De eso va esta novela: de ser menos duros con nosotros, de saber aceptarnos con nuestras heridas y nuestros traumas y de ser lo suficientemente valientes, nos lleve el tiempo que nos lleve, para volver a empezar.

¿Qué papel crees que juegan los recuerdos de la infancia en la formación de nuestras identidades como adultos?

Creo que los recuerdos de la infancia condicionan nuestras identidades como adultos, pero no creo que queden limitadas por completo. Es evidente que cuando hay una infancia feliz las posibilidades de ser un adulto feliz son directamente proporcionales; pero conozco personas con infancias, e incluso adolescencias complicadas, que no han repetido el patrón que han sufrido durante toda su vida y han sabido convertirse en adultos con una responsabilidad afectiva maravillosa y una capacidad de entrega absoluta. Por tanto, creo que sí, los recuerdos de la infancia nos moldean, pero la forma definitiva siempre nos la damos nosotros mismos.

¿Hay algún personaje o historia secundaria que te sorprendió durante el proceso de escritura? ¿Por qué?

Escribir es un proceso que siempre me sorprende porque cuando escribes ficción, en cierto modo, llega un momento en el que la persona que teclea eres tú, pero quien habla o actúa son tus personajes. Al final, muy pocos se desarrollan tal y como los habías concebido en tu cabeza y surgen situaciones o conversaciones en las que ellos toman el control de forma absoluta.

Sí que es cierto que, por ejemplo, hay un personaje en la novela, Maira, que nació con la idea de ser ese pepito grillo que la protagonista femenina necesitaba para saber qué es lo correcto o para decirle que se ha equivocado. Al final, Olivia se ha convertido en mi mejor amiga durante los meses de escritura y quería que tuviera cerca una voz con experiencia. Hubo un momento en el que pensé «dejemos que Olivia se enfade del todo, que sienta que todo es un desastre absoluto, que piense que nada tiene solución, que no ha conseguido nada, que ya vendrá Maira con algún consejo maravilloso». Pero, al final, el comodín de Maira también ha sido un poco mi pepito grillo. Y eso ha hecho que me enamore más de su personaje.

 

 

¿De qué manera piensas que idealizamos o demonizamos los recuerdos de nuestra memoria?

Los recuerdos de nuestra memoria pueden ser nuestro mayor tesoro o nuestra mayor condena, todo depende de cómo los enfoquemos. Yo soy de las que cree que son nuestro mayor tesoro, pero que, como todos los tesoros, son para mirar, acariciar y admirar de vez en cuando, no son un buen lugar donde quedarse a vivir. Los recuerdos, y hablo siempre de los recuerdos bonitos, son como un bote salvavidas al que subirse cuando piensas que nada ha merecido la pena y que no has tenido suerte… pero ya. Los recuerdos son los que son y hay que recordarlos tal cual, poner o quitar ingredientes solo nos engañará, y vivir en la mentira tampoco es vivir. Aislar el presente y revivir momentos pasados no nos lleva a ningún lado, ni siquiera nos hace retroceder, solo nos hace quedarnos en un lugar en el que no pasa nada y, posiblemente, en un lugar donde la vida duela. Es posible que idealicemos momentos, seguramente yo sea la primera que lo haga, pero igual que sabemos entrar en el pozo de la memoria, tenemos que saber salir.

¿Qué te gustaría que sintiera un lector leyendo tu novela?

El año de las segundas oportunidades es una novela que nació con la intención de que recordar al lector de dónde venimos, porque sin raíz no podemos crecer hacia el lugar adecuado. Lo que pretendo cuando se siente a leer es que viaje por su corazón, localice las heridas que aun quedan pendientes y que, a través de las palabras, recuerdos y vivencias de Olivia, encuentre las suyas y piense que vivir, pese a todo, está siendo un gran viaje, aunque haya personas que ya no estén, personas que se nos había olvidado que estaban o personas que están a punto de subirse a nuestro tren. Es, en definitiva, una novela sobre nuevos comienzos, sobre la importancia de ser honestos con nosotros mismos, sobre la magia que muchas veces nos rodea y no podemos ver por estar mirando otras cosas y sobre el regalo que es perdonar, pero, sobre todo, perdonarse.

Me encantaría que, cuando cerrasen el libro, pensaran en esos momentos de luz que seguramente la vida regala de vez en cuando y que su corazón fuese un poquito más valiente que cuando lo empezaron porque, como digo en alguna de sus páginas, para empezar de nuevo, siempre se está a tiempo. Solo tenemos que dar el primer paso, que es el más difícil, el resto es solo caminar.

 

Sinopsis del libro

Olivia lleva veinte años sin querer regresar al pueblo; lo que pasó allí es demasiado doloroso de recordar. Pero el problema de darle la espalda al pasado es que no vemos cuándo vuelve a nosotros con fuerza.

En el momento en que su jefa la obliga a escribir un reportaje sobre el lugar adonde juró no volver, a Olivia no le queda otra: debe enfrentarse a sus fantasmas, que parecen pesar más de lo que pensaba.

La aparición de unos botones en su mesilla, fruto de una antigua leyenda local, la llevará a recorrer la comarca de la mano de alguien en quien llevaba tiempo sin pensar, pero que tal vez ocupaba un espacio en su corazón que no recordaba ni ella. Pero ¿cómo dejar entrar al pasado después de haberlo bloqueado durante tantísimo tiempo?

 

Foto de portada de @prepyus / Fotos de cuerpo de Leticia Rodríguez

Publicado el — Deja un comentario

Amor propio: el arte de contemplar lo feo con ternura

Estoy cansada de leer que nuestros complejos nos hacen más fuertes, que nos confieren unicidad y personalidad. Que la celulitis, los kilos de más o de menos, las narices grandes, el acné después de los veinte, las estrías y cicatrices, los pechos caídos, los lunares, que todas esas cosas nos convierten en mujeres más fuertes y hermosas.

¿Por qué seguimos concediéndole tanto poder a la belleza?

¿Por qué nos preocupa tanto la imagen?

Que no nos vendan la moto. Como eslogan de marketing está muy bien, genera ventas. Se lucraron de nuestras inseguridades en los años 90 y siguen haciéndolo ahora también a costa de nuestro amor propio. Porque saben que no es real, al igual que los cánones imposibles de finales del siglo pasado. No, no es normal quererse mucho todos los días. La realidad es que muchas veces ni siquiera sabemos cómo somos capaces de levantarnos de la cama y salir al mundo (ya no digo a comerlo porque, a menudo, es él el que nos come a nosotras).

Está muy bien eso de mirarnos desnudas frente al espejo y corearnos aquello de «¡Guapas!», pero en ocasiones nuestro reflejo no nos hace sentir lo mismo. Y no pasa nada. Nos han vendido que tenemos que vernos hermosas todo el tiempo y eso es agotador y frustrante. El amor propio también cansa y escuece. Porque la realidad es distinta. Podemos comprar la frase en una tacita de merchandising, pero no pretendáis que nos lo apliquemos porque, entonces, cada vez que no lo consigamos ─y va a ocurrir muchos días─ vamos a sentir que estamos fallándonos a nosotras mismas. Y creednos: es mucho más doloroso sentir que nos estamos traicionando que contemplarnos más o menos bonitas.

Hoy me acepto tal y como soy. Aceptarse. Que es más saludable que pretender amarnos todos y cada uno de los días de nuestra vida. Porque hay días (la mayoría) en los que me siento una diosa y otros (los menos) en los que ocurre todo lo contrario. Solo que ahora contemplo mis grietas y las admiro con cierta ternura. Es necesario darles esa tregua. Están ahí. Existen. Y no se van a ir a base de palabras maquillaje.

¿Por qué tanto miedo a lo feo? 

¿Por qué ese rencor a la palabra prohibida?

Aceptarse es un arte y sabernos un compuesto de luces y sombras es más sano que pretender encajar a toda costa en el fraudulento molde del eterno amor propio.

 

Foto de portada de Thought Catalog para Unsplash / Foto de texto de Lawrence Chismorie para Unsplash