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Cómo vender más libros en una feria del libro

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Aunque mucha gente piensa que es relativamente fácil vender libros en una feria, lo cierto es que cada vez es más complicado llamar la atención entre tanta competencia y, además, existe el hecho de que una gran parte de la población acude a estos eventos para visitar únicamente a los autores famosos de turno. ¿Cómo destacar en medio de esta vorágine?

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Elabora una buena estrategia de redes

No es estar en todas las redes sociales, sino en aquellas en las que se encuentra tu público objetivo. Céntrate en esas (por ejemplo, a mí me está funcionando muy bien Instagram y Substack). Para ello, organiza un calendario de contenidos previo a ese día (que aborde mínimo las dos semanas de antes).

Algunos ejemplos: graba reels recitando algún fragmento de tu libro, publica carruseles con las mejores opiniones de tus lectores, rescata alguna entrevista importante que te hicieron en algún medio de comunicación, organiza un sorteo conjunto con otros autores en la ciudad en la que va a celebrarse la feria (y así luego tienes la excusa para que el ganador vaya a verte y se lo firmes en persona), organiza lives con librerías que vayan a estar ese día, envía notas de prensa a periódicos locales (en los grandes es muy difícil, salvo que ya tengas el contacto previo de alguna persona que trabaje en la redacción), etc.

Invierte en publicidad

Las redes sociales se han convertido en auténticos negocios y los algoritmos no hacen más que poner cada vez más trabas a los artistas y creadores de contenido. Así que quítate de la cabeza eso de que vas a crecer de forma orgánica porque es francamente difícil. Lo mejor es invertir en publicidad (pero no desde la misma app, sino desde Facebook Business, que es más profesional). Y segmenta, segmenta y segmenta. Cuanto más segmentes a tu público, aunque llegues a menos personas, mucho mejor.

Busca un aliciente

A ser posible, que no vayan a encontrar en ninguna otra caseta. Por ejemplo, organizando un posterior cafecito literario después de tu firma (o antes). Busca una cafetería que quede cerca (o incluso un parque) y asegúrate de que esta información le llega a todos tus lectores.

Organiza una presentación

Para ello, lógicamente, tienes que saber con antelación la fecha de la firma. Si la tienes por la mañana, puedes organizar el encuentro por la tarde. Como los horarios de firma son tan cortitos, a lo mejor a muchos de tus lectores no les queda bien acudir a tu hora exacta. Haciéndolo de esta manera te aseguras conocer al máximo número de gente posible.

Saca el máximo provecho

Como, seguramente, la mayoría de las ferias no las organicen en tu ciudad, mi consejo es que aproveches al máximo el tiempo que vas a estar, más allá de la hora de la firma. Ejemplo: elabora un calendario de reuniones de gente que vive allí y te interesa conocer, como bookstagramers, influencers, librerías, otras editoriales, escritores, etc. Y saca fotos de todo para que, cuando regreses, tengas material de sobra para promocionar.

Olvídate del gasto económico (ya que, si fuera por ese motivo, nunca te compensaría ir a una feria del libro fuera de tu ciudad). Mejor tómalo como una inversión de reputación de marca que, aunque a corto plazo no te genere ningún beneficio monetario, a futuro puede abrirte varias puertas.

 

Foto de portada (Elisabeth Navarro) y cuerpo (Prepyus)

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¿Qué pasa si no tengo una voz propia?

Sí, estás leyendo bien. Y es normal que esta pregunta te genere cierta curiosidad o incertidumbre porque una de las primeras cosas que nos dicen cuando escribimos es que tenemos que encontrar nuestra propia voz. Pero ¿qué pasa si no tenemos una? O peor: ¿y si no deseáramos adquirirla?

Hace unos días estuve hablando con E de cierto poeta y señoro bastante soberbio (atiende a las iniciales de LC, muchas de vosotras sabréis a quién me refiero) que me dijo en su día que, cuando se es joven, es imposible tener una voz propia, especialmente (agárrate el pantalón) si se es una mujer. Como si la voz, la voz de una, solo pudiera hallarse en el lecho de muerte.

¿Cuándo deja una de ser calificada como joven?

¿Estamos perdidas acaso mientras nos hallamos en nuestra propia voz?

Divagábamos el martes E y yo en todo esto cuando manaron varias ideas:

La primera: que no se tiene una voz propia, sino muchas, y estas dependen de nuestro estado de ánimo, nuestros anhelos y la etapa de la adultez en la que nos encontremos. Una voz que, además, está en constante evolución y permuta. 

La segunda: que la voz de una es una voz también ajena, pues está modulada y empapada de las voces de todo lo que leemos, escuchamos y vivimos. 

Entonces… ¿Por qué nos animan a perseguir algo que nunca vamos a tener y que depende de tantos factores externos? ¿Puede ser algo tomado como propio cuando se nutre de lo que acaece fuera de nuestra mente?

Yo creo que, cuando se habla de la voz, en realidad estamos haciendo alusión al estilo. Está claro que, a veces, escribiremos en tonos más graves, otras más agudos. Que abordaremos y anhelaremos temáticas distintas. Que exploraremos diversos géneros literarios. Pero el estilo, el estilo de una, siempre estará presente. Y quiero pensar que este no se encuentra, sino que se tiene. Como cualquier habilidad innata de carácter sobresaliente. Solo hay que descubrirla y potenciarla, trabajarla, darle su propia y particular forma.

En resumidas: ya nacemos con voz y por eso nos expresamos, pero esta no es solo una y mucho menos cien por cien de nuestra autoría porque estamos constantemente calándonos de otras tantas. De hecho, sería bonito —a modo de ejercicio de solidaridad, honestidad y empatía— compartir los libros que hemos leído mientras escribíamos los nuestros, y no solo la música que nos ha acompañado durante el proceso (ahora que está tan de moda el tema de las canciones).

Las letras ajenas abonan las propias mucho más que cualquier playlist.

 

Foto de portada de Sixteen Miles Out para Unsplash / Foto de texto de Thought Catalog para Unsplash

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Tips para escritoras: la hora azul de la escritura

«De noche [ya no puedo] escribir. Estoy tan reventada que solo soy capaz de escuchar un poco de música con una copa de brandy con agua», comentó Sylvia Plath en una lectura que tenía preparada para la BBC sobre el poemario Ariel, que nunca llegó a emitirse. Y recoge Tillie Olsen a raíz de este mismo fragmento en su libro Silencios: «No había quien detuviera el chorro sangriento de la poesía, para el que nunca quedaban fuerzas ni tiempo, salvo, quizá, a esa hora azul anterior al llanto del bebé».

La escritura como abandono de una misma. Ese abandono como, paradójicamente, la salvación del alma. Solo quien escribe con devoción y entrega sabe de lo que hablo. He leído hace un rato en Instagram una cita: «Disfrutando al máximo los nueve minutos que tengo cada día entre que termino de trabajar y me duermo». Supongo que, para muchas escritoras, además de para Plath y para Olsen, esos nueve minutos fueron sacrificados en pro de la escritura.

Escoger entre dormir y escribir, entre aplicarse una crema y escribir, entre descansar y escribir, entre hacer ejercicio y escribir, entre respirar y… La escritura siempre vence. Es la eterna ganadora en la batalla de la vida porque, sin ella, la sangre no circula y también mueres. Resulta tentador, por ese motivo, anhelar y buscar esas horas azules anteriores no solo al llanto, sino a la rutina. Mientras el mundo duerme, alguien se levanta y, en silencio, saca su libreta y escribe casi a escondidas, como si temiera ser descubierta (algo peor: reclamada).

No soy madre, pero supongo que tiene que ser gratificante y frustrante a partes iguales que un individuo, un ser de tu linaje, requiera a tiempo completo tu atención y tu vida. ¿Cómo compaginar esta labor con el oficio de crear? ¿Cómo lo hacían las mujeres de antes? Eso sí era amor al arte: escribir en medio del arrastre de lo doméstico para parir un texto que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera iba a ser publicado con su nombre.

No había genias porque no se les dio la opción, lo que había era putas amas. Y, desde aquí, mi máxima admiración. Pero ojalá no tuviera que admirarlas por ese sublime talento narrado en condiciones tan lamentables.

Foto de portada Freddy Castro en Unsplash

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Libros para comenzar el año… escribiendo

Cada año me da por una temática distinta y, si bien la poesía siempre va a estar presente, este 2023 he comenzado apostando por leer muchos ensayos que hablen sobre el propio proceso de la escritura. Siento que cada vez me estoy acercando más a mi estilo, a esa voz que llaman propia que no es, sin embargo, fruto de todo lo que leemos y vivimos (¿puede ser algo propio cuando está empapado de lo ajeno?).

El caso es que, indagando e investigando, he decidido iniciar el año con mujeres —por supuesto, no podía ser de otra manera— como Virginia Woolf, Mary Oliver y Tillie Olsen. Escritoras que no dejaron de cuestionarse y debatirse hasta el último día de sus vidas.

«Nunca te creas singular, no pienses nunca que tu propio caso es mucho más difícil que el de otra gente», reza uno de los fragmentos de Virginia en «Carta a un poeta joven». El ego del escritor. Conversó acerca de esto mi compañera Alicia Dimnet en el editorial de Patreon de este mes. ¿Cómo es posible que una escritora acarree el eterno e histórico síndrome de la impostora y, a su vez, pueda creer internamente que lo que ha escrito no lo ha narrado nadie más?

Tillie (siempre tuteo a todas las personas que siento cerca, aunque únicamente las conozca a través de lo que describen) habla en «Silencios» de la necesidad, no tanto de una habitación propia, como ya sabéis que recalca Virginia, sino del apoyo familiar en el proceso creativo. ¿Cómo escribir cuando la casa te demanda y te come? ¿Cómo dejar brotar de ideas la mente cuando la domesticidad y los cuidados incesantes a nuestros seres queridos nos desvalijan de nuestro tiempo y espacio?

«Cuando hago bien mi trabajo, desaparezco», afirmó Mary con rotundidad en «La escritura indómita». ¿Qué es hacer bien el trabajo? Hay muchos libros hechos sin amor que venden miles de ejemplares y otros que, aunque se hayan dejado el alma, se quedan en el olvido. Estoy interesada, especialmente, en leer a estos últimos, en atesorar de forma egoísta y deleitable parte de lo que narran.

Leer ensayos es preguntarse la vida. No suelo sacar conclusiones certeras de ninguno, únicamente más preguntas que echar a la espalda. Pero mi escritura mejora notablemente. Se vuelve más salvaje y convulsa. El lenguaje se expande con las palabras ajenas.

Foto de portada por Cathryn Lavery en Unsplash

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Escribir es llegar al orgasmo

Últimamente no paro de escuchar en boca de escritores que les gustaría mucho más dedicarse a leer que a escribir porque lo pasan francamente mal escribiendo. Me los imagino aterrados ante el papel, muriendo en cada página, desangrándose en la tinta, suicidándose en el abismo de las palabras malditas. «Es una forma heroica de partir de este mundo», me digo.

He fantaseado mucho con mi muerte, es cierto, pero nunca me he vislumbrado haciéndolo mientras escribo. Para mí escribir es más que una necesidad, es goce. Supongo que me invade aquello que llaman «el ego del escritor». Todos los artistas lo tenemos en cierta medida. Lo que tengo claro es que seguiría escribiendo incluso en el caso de que no me leyera nadie (aunque no puedo negar que me agrada saber que alguien ha podido contemplarse en mis letras).

Por eso, no comprendo que un escritor, una persona que escribe, pueda afirmar que preferiría dedicarse a leer que a escribir. Ambas actividades son complementarias y necesarias. La una no existiría sin la otra. Y viceversa. ¿En serio se sufre tanto postrándose ante el papel y la tinta? A mí me produce sosiego. Siento que no me sano hasta que lo escribo, que no le doy forma a mis monstruos, que los humanizo, hasta que hago de ellos lo que se me antoja mientras los narro.

Escribir es deleite. También cura. Escuece, por supuesto, pero como la sal del océano en una tórrida tarde de amor estival. «Escribir es respirar, forma parte de mi estructura para mantenerme en pie. ¡No sé cómo se las arregla la gente para vivir sin escribir!», confesó Rosa Montero en una entrevista en «La Voz de Galicia». Y añadiría yo para finalizar: «¡No sé cómo hay gente que preferiría dedicarse a leer que a escribir!».

Foto de portada por Priscilla Du Preez en Unsplash