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¿Qué pasa si no tengo una voz propia?

Sí, estás leyendo bien. Y es normal que esta pregunta te genere cierta curiosidad o incertidumbre porque una de las primeras cosas que nos dicen cuando escribimos es que tenemos que encontrar nuestra propia voz. Pero ¿qué pasa si no tenemos una? O peor: ¿y si no deseáramos adquirirla?

Hace unos días estuve hablando con E de cierto poeta y señoro bastante soberbio (atiende a las iniciales de LC, muchas de vosotras sabréis a quién me refiero) que me dijo en su día que, cuando se es joven, es imposible tener una voz propia, especialmente (agárrate el pantalón) si se es una mujer. Como si la voz, la voz de una, solo pudiera hallarse en el lecho de muerte.

¿Cuándo deja una de ser calificada como joven?

¿Estamos perdidas acaso mientras nos hallamos en nuestra propia voz?

Divagábamos el martes E y yo en todo esto cuando manaron varias ideas:

La primera: que no se tiene una voz propia, sino muchas, y estas dependen de nuestro estado de ánimo, nuestros anhelos y la etapa de la adultez en la que nos encontremos. Una voz que, además, está en constante evolución y permuta. 

La segunda: que la voz de una es una voz también ajena, pues está modulada y empapada de las voces de todo lo que leemos, escuchamos y vivimos. 

Entonces… ¿Por qué nos animan a perseguir algo que nunca vamos a tener y que depende de tantos factores externos? ¿Puede ser algo tomado como propio cuando se nutre de lo que acaece fuera de nuestra mente?

Yo creo que, cuando se habla de la voz, en realidad estamos haciendo alusión al estilo. Está claro que, a veces, escribiremos en tonos más graves, otras más agudos. Que abordaremos y anhelaremos temáticas distintas. Que exploraremos diversos géneros literarios. Pero el estilo, el estilo de una, siempre estará presente. Y quiero pensar que este no se encuentra, sino que se tiene. Como cualquier habilidad innata de carácter sobresaliente. Solo hay que descubrirla y potenciarla, trabajarla, darle su propia y particular forma.

En resumidas: ya nacemos con voz y por eso nos expresamos, pero esta no es solo una y mucho menos cien por cien de nuestra autoría porque estamos constantemente calándonos de otras tantas. De hecho, sería bonito —a modo de ejercicio de solidaridad, honestidad y empatía— compartir los libros que hemos leído mientras escribíamos los nuestros, y no solo la música que nos ha acompañado durante el proceso (ahora que está tan de moda el tema de las canciones).

Las letras ajenas abonan las propias mucho más que cualquier playlist.

 

Foto de portada de Sixteen Miles Out para Unsplash / Foto de texto de Thought Catalog para Unsplash

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Tips para escritoras: escribir a partir de lo subrayado

Hace unos días organicé un live con mi querida musa y brava Alicia Dimnet (@diment.alicia) bajo el título «La lengua de lo que se subraya», en el que conversábamos sobre la necesidad de marcar los libros que nos remueven. ¿Pero qué se esconde tras la lengua subrayada? ¿Somos lo que resaltamos? ¿Cómo afecta este proceso en nuestra creatividad a la hora de escribir?

A mí, personalmente, subrayar me estimula el intelecto, como si al pasar el marcador por cada una de las líneas, una agujita diminuta me fuera punzando y activando distintas partes del cerebro. De hecho, lo considero una herramienta de vital importancia ante, por ejemplo, un bloqueo creativo.

¿Desde qué punto parto? Utilizo, fundamentalmente, tres tipos de procesos:

La palabra como raíz

Consiste en marcar una palabra que nos haya resonado (bien por su sonoridad, bien por su significado) y usarla como punto de partida en la elaboración de nuestro texto. Por ejemplo, algunas de las que he subrayado en las últimas semanas son: piafante, laniante, nientitud o telúrica. Además, pueden ser palabras que no hayas escuchado nunca (a mí me encanta descubrir nuevos vocablos y valoro mucho cuando una obra me obliga a levantarme y coger el diccionario).

¿Qué escribirías a partir de las que te acabo de citar?

El concepto como contexto

En otras ocasiones, lo que subrayo no es una palabra, sino un concepto. Suelen ser bloques de texto un poco más amplios que implantan en mí una idea nueva, una reflexión sobre la que no había pensado o incluso, a veces, algo sobre lo que sí había reflexionado con anterioridad, pero nunca me había parado a escribir con detenimiento (como me ha pasado recientemente con el concepto del exilio).

El sentimiento como latir

A menudo, sin embargo, lo que me remueve no son palabras o conceptos, sino sentimientos generados ante la hoja que tengo delante. Como si una mano invisible tocara esa tecla exacta de mi alma que transforma la quietud que presento cuando leo en sentimientos de nostalgia, éxtasis, dolor, júbilo o ternura, cargándome de viveza por completo. Pero es que, como periodista, no necesito sentir cuando redacto; en cambio, como escritora, no sé escribir sin el corazón henchido de pasiones.

¿También te pasa a ti?

Foto de portada por Green Chameleon en Unsplash