Estoy cansada de leer que nuestros complejos nos hacen más fuertes, que nos confieren unicidad y personalidad. Que la celulitis, los kilos de más o de menos, las narices grandes, el acné después de los veinte, las estrías y cicatrices, los pechos caídos, los lunares, que todas esas cosas nos convierten en mujeres más fuertes y hermosas.
¿Por qué seguimos concediéndole tanto poder a la belleza?
¿Por qué nos preocupa tanto la imagen?
Que no nos vendan la moto. Como eslogan de marketing está muy bien, genera ventas. Se lucraron de nuestras inseguridades en los años 90 y siguen haciéndolo ahora también a costa de nuestro amor propio. Porque saben que no es real, al igual que los cánones imposibles de finales del siglo pasado. No, no es normal quererse mucho todos los días. La realidad es que muchas veces ni siquiera sabemos cómo somos capaces de levantarnos de la cama y salir al mundo (ya no digo a comerlo porque, a menudo, es él el que nos come a nosotras).

Está muy bien eso de mirarnos desnudas frente al espejo y corearnos aquello de «¡Guapas!», pero en ocasiones nuestro reflejo no nos hace sentir lo mismo. Y no pasa nada. Nos han vendido que tenemos que vernos hermosas todo el tiempo y eso es agotador y frustrante. El amor propio también cansa y escuece. Porque la realidad es distinta. Podemos comprar la frase en una tacita de merchandising, pero no pretendáis que nos lo apliquemos porque, entonces, cada vez que no lo consigamos ─y va a ocurrir muchos días─ vamos a sentir que estamos fallándonos a nosotras mismas. Y creednos: es mucho más doloroso sentir que nos estamos traicionando que contemplarnos más o menos bonitas.
Hoy me acepto tal y como soy. Aceptarse. Que es más saludable que pretender amarnos todos y cada uno de los días de nuestra vida. Porque hay días (la mayoría) en los que me siento una diosa y otros (los menos) en los que ocurre todo lo contrario. Solo que ahora contemplo mis grietas y las admiro con cierta ternura. Es necesario darles esa tregua. Están ahí. Existen. Y no se van a ir a base de palabras maquillaje.
¿Por qué tanto miedo a lo feo?
¿Por qué ese rencor a la palabra prohibida?
Aceptarse es un arte y sabernos un compuesto de luces y sombras es más sano que pretender encajar a toda costa en el fraudulento molde del eterno amor propio.
Foto de portada de Thought Catalog para Unsplash / Foto de texto de Lawrence Chismorie para Unsplash