Querida musa: toda historia de amor termina mirando el atardecer

Querida musa,

agosto siempre ha sido una oda al atardecer, al sesteo con el sonido natural de las cigarras de fondo, a las tardes con amigos y risas aseguradas, a los campos de lavanda y a las bebidas refrescantes que nos dan un respiro mientras oteamos el horizonte y nos sentimos afortunadas. Sí. ¡Ay! (Se me escapa un suspiro). Y también agradecidas.

Pero es que yo me emociono solo de pensar en agosto y sus novelas, esas que leo a media tarde hasta que anochece; o en las verbenas que organizan los pájaros en el paseo de Las Peñitas; o en esa blusa nueva que estreno y, de repente, comienza a llenarse de vivencias que, con los meses, se transformarán en recuerdos capaces de sacarme una nostálgica sonrisa.

¿Te acuerdas de la ropa que llevabas cuando te dieron tu primer beso?

Nuestros armarios no solo están hechos para vestirnos. Ni siquiera para adornarnos. Tampoco para mostrarse únicamente como un fiel acto de ego y rebeldía. Nuestros armarios constituyen un baúl de recuerdos que nunca se olvidan: como esa sudadera que te dejaron en una noche fresca de verano y jamás devolviste a su portador (todavía huele a su perfume); o ese vestido pin-up que estrenaste en el concierto que marcó un antes y un después en tu vida; o esas clásicas zapatillas blancas que ahora están roídas y desgastadas, pero que en su día te sirvieron para subir a la cima de la montaña.

Querida musa, así es el verano. Y, lo mejor, es que da igual con quién estemos o dónde lo vivamos. Porque cada verano es único y diferente y este huele a demasiadas ganas de todo.

Arréglate y disfruta.

Sumérgete y embebe.

Porque quizás arreglándote no vayas a arreglar el mundo, pero, desde luego, sí vas a hacer más especial el tuyo.

Y eso es lo único que importa.

Fluye.

Ponte en pausa si lo necesitas, pero jamás te olvides de contemplar el atardecer.

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