Querida musa: crecer es acumular recuerdos que escuecen

Querida musa,

quisiera invitarte a tomar una copa y después sacarte a bailar en la verbena, como en esos veranos que disfrutábamos en las fiestas del pueblo cuando teníamos quince años y muchas ganas de convertirnos en adultas.

Pero aquí estamos, mucho tiempo después, observándonos frente al espejo y jugando a no dormirnos en los laureles porque la vida se pasa y el aire a veces no sopla a nuestro favor…

Hubiera querido que el editorial de este mes se hubiera transformado en un texto dedicado a las espigas y el sol, a los baños en el mar o la piscina, a las noches de besos bajo las estrellas, a la piel que acariciamos antes de quedarnos dormidas o a los gazpachos fresquitos que tomamos en una tarde de domingo.

Hubiera…

Pero a veces también hay que hablar de las cosas que nos escuecen. Como crecer. Y, más que de crecer, de los recuerdos que nos anidan.

Nadie nos confesó que convertirse en adulto significaba ir llenando el corazón de punzadas y la mente de bucles que se reproducen una y otra vez como esos anuncios malos de la tele que nos ponen en la vuelta al cole.

¿Sabes a qué me refiero?

Porque dejar fluir, como la sangre saliendo a borbotones de la herida, nunca se contempla como opción. No. Es mejor encapsularlo y clavarlo con una chincheta en ese corcho lleno de posits de recuerdos absurdos que deberían ser olvidados.

(Espero que se note la ironía)

Lo que nos escuece no siempre resucita. A veces solo nos ayuda a morir.

Y esa es la decisión menos inteligente que puede tomar una persona a la que todavía le queda mucho por vivir.

Porque vivir no es existir.

Es llenarnos el corazón de agradecimiento y los ojos de ternura.

Pero es que yo, a fin de cuentas, lo único que quiero que me escueza es la sal del océano tostándose sobre mi piel como granos de café asándose en el Trópico.

Querida musa: crecer es acumular recuerdos que escuecen, pero también es dejarlos fluir para secarlos y ponerles una tirita.

Photo by Earth on Unsplash

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