El papel de las mujeres pelirrojas en la literatura

Nacer con el pelo rojo en la Edad Media era signo evidente de brujería, hasta el punto de que el Papa Inocencio VIII incluyó a las personas pelirrojas en su «Malleus Maleficarum», un catálogo de posibles herejes que eran condenados a la hoguera. De hecho, esta creencia germánica, que tuvo lugar entre 1483 y 1784, ocasionó el asesinato de 45.000 mujeres, que fueron torturadas hasta la muerte por su color de cabello.

Si nos vamos al mundo del arte (especialmente durante El Renacimiento), vemos la representación de la mujer pelirroja como símbolo de erotismo, prohibición y pecado. No hay más que observar «El nacimiento de Venus» de Botticelli, algunas de las musas pelirrojas de Gustav Klimt, el «Lady Lilith» de Dante Gabriel Rossetti, o incluso las distintas representaciones que apreciamos en la figura de María Magdalena.

Lo que es un hecho constatado es que las mujeres pelirrojas siempre me han acompañado a lo largo de mi vida, a través de mis libros. Mujeres como Pippi Calzaslargas (mi primera pelirroja), que me enseñó a ser libre e independiente. Otras como Ana Shirley, quien me robó el corazón y me mostró la importancia de ser «una única». Princesas Disney como Ariel, que me conquistó en mi más tierna infancia y con la que comparto, curiosamente, ese instinto de cruzar el océano por un amor (im)posible. Personajes como Ginny Weasley, una de mis chicas favoritas en Harry Potter, porque siempre me he sentido un poco bruja. O como Mérida de«Brave», con la que comparto esa admiración por el tiro con arco y un especial regusto por saltarme el orden establecido.

Sin embargo, no sé de dónde me viene exactamente esta fascinación por el papel de las mujeres pelirrojas en la literatura. No sé si se debe a su personalidad fuerte y salvaje. No sé si viene derivado de su esencia indómita y exótica. O quizá de su carácter asociado a la naturaleza (elfos, hadas y duendes han sido representados a menudo en las ilustraciones literarias con cabellos rojos o anaranjados). Pero lo que sí sé es que quería que una de ellas, una mujer pelirroja de cabellos corales, ocupara la portada de mi siguiente libro.

Y aquí la tenéis.

La he bautizado como Brigid, en honor a la diosa celta del fuego, que también era conocida como «La poeta», y que va a ser desde hoy y para siempre la protagonista de todos esos versos que me palpitan y que constituyen mi primer poemario «El sonido de la limerencia», que saldrá publicado este otoño.

Foto de portada por Pietra Schwarzler en Unsplash

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